lunes, 1 de junio de 2009

El verano se abrió paso en el día con fuerza. Después de una época con clima de huracán, en una ciudad anclada entre las montañas, el cielo azul sin una sola nube era casi una broma del dios de los meteorólogos. E… espero con calma el chubasco de la tarde, pero para su sorpresa y alegría, este, nunca llegó. Los cúmulos se amontonaron sin la violencia de otros días y terminaron por disiparse tranquilamente, dando paso a una noche llena de las pocas estrellas que pueden verse en Bogotá. Era 24 de diciembre. Los días seguirían así por lo menos hasta mediados de enero.
Acababa de llegar a la casa paterna. Llena de paquetes, se bajó del únicotaxientodalamalditaciudad, el cuál cazó con un arpón sobre la carrera séptima, a las 7 de la noche. Timbró y en la casa, casi vacía, se encendió una luz. Salió él. La navidad nunca sería igual a como fue, desde que la madre muriera un 24 de diciembre, siete años atrás, veinte días después de agonizar en una unidad de cuidados intensivos, y un día antes de cumplir cuarenta y nueve. Fue el final de la niñez. Y su coincidencia con la Navidad, obligaba a un celebrado recuerdo, año tras año.
La sonrisa nostálgica, pero llena de la emoción de ver a su pequeña recién emancipada, la devolvió al asfalto que pisaba, torpemente, tratando de mantenerse en pie sin dejar caer nada.
—Sabía que eras tú. Estaba pendiente desde que llamaste. ¿Porqué te demoraste tanto? ¿Algún problema con el taxi? Muchas gracias, señor. Muy amable usted. Que tenga muy feliz Navidad. Muy amable.— Y la retahíla hubiera continuado, si E… no lo hubiera interrumpido, con uno de esos gestos vehementes que tantos dolores de cabeza, recriminaciones y suplicas de perdón, le habían traído. Le entregó los paquetes sin mediar palabra y lo miro, con la cabeza un poco inclinada hacia abajo, a punto de poner los ojos en blanco. Él la conocía, y sin pensar que hubiera algo que perdonar, recibió todo, sumiso y feliz.
—No me lo vas a creer… bueno, sí, si lo creerás. Dejé las llaves del apartamento… dentro del apartamento. Y sin un minuto en el condenado celular para llamarte. Aunque no habría servido de nada. Finalmente no has querido cambiar las guardas y por eso es que no hay duplicados—, finalizo E… con un guiño cansado.
Y así, procedió a contarle, uno por uno, los sucesos de la accidentada tarde. Cómo, por darle unas galletas y un vino espumoso a uno de los celadores, terminó fuera de su casa, con las llaves equivocadas en la mano, conversando con Jorge, y esperando, con sentadito de sirena en la portería, al cerrajero más caro en la historia de las cerraduras sin llave.

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