martes, 28 de julio de 2009

Viajar y los afectos

De vuelta en Bogotá. Tengo la sensación muy fuerte de que viajar me revitaliza. Y el que acaba de pasar en particular fue como un ungüento mágico, para las raspaduras emocionales en mis rodillas, después de haberme caído unas tantas veces. Siento como si me hubiera hecho un baño con jabón Rey, para quitarme la sal de tantas lágrimas de encima. Llegué triste por dejar un lugar, en el que se, sería feliz, pero dichosa por lo bailado, por lo tomado, por lo caminado, por lo escuchado, por lo visto y por lo querido que dejo allá.
Hoy caminé por Bogotá de nuevo, y sí. Me sentí diferente. Como si me hubieran contado un secreto. A muchas personas tal vez no les parezca nada del otro mundo. Para mi, haber vivido NY durante casi un mes, a sido una de las decisiones más acertadas de mi vida. No fueron una vacaciones, y de pronto me estoy poniendo loruda con el asunto. Bueno, que le voy a hacer. Igual no importa. Hace rato creo que no pasa nadie por acá, jeje.
Lo de los afectos es una cosa en la que he pensado mucho en estos días. He pensado que es muy diferente viajar con la pareja que viajar solo. No se si aplique siempre, pero viajar con el/la novio(a) o el/la esposo(a), (esté como esté la relación), es como ser un caracol, y pasear con la casa a cuestas: “Dónde estemos juntos será nuestro hogar”, dice una canción de Cerati. Cuando uno vuelve, en realidad es como si no se hubiera ido. No se sienten las ausencias grandes.
Cuando uno viaja solo, uno se va dejando gente que lo quiere en un lugar. Se va dejando afecto y añoranza. Y cuando llega al destino temporal crea o renueva otros lazos, con personas que viven en un sitio del que uno es solo un visitante. Eso exactamente me pasó a mi. Me fui dejando dos casas en Bogotá (la mía y la de mi padre). Si las personas se entienden también como casas me voy dejando dos más en Nueva York: Mario, mi tio, y Miguel, uno de los hombres más importantes en mi vida. Mi amor platónico desde cuando tenía quince años.
Con mi tío la despedida fue triste, pero practica como el reencuentro. Y estuvo bien. Con Miguel, la despedida ocurrió en un taxi en algún lugar de Queens, la madrugada del día en que me fui. Me fui triste de NY, por ciertas certezas de las que no voy a hablar acá. Pero con el paso de los días, la llegada de las actividades normales en mi vida, y la comunicación constante con él, me he sentido feliz, aunque no se cuando volvamos a vernos. Miguel, literalmente me curó de muchas cosas jartas que tenía atravesadas como bolas de pelo de gato en la garganta. Gracias a él, estoy intacta de nuevo. Y no importa que haga, ni a donde vaya, o en donde viva. O con quien esté. Estamos juntos, y donde estemos juntos será nuestro hogar.

1 comentario:

  1. Tenemos que hablar. Esta noche tiene que rendir. Me alegra tanto pero tanto leer lo de la sanación. Yo te sigo leyendo juiciosa y estoy segura de que no soy la única.

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