miércoles, 18 de noviembre de 2009

“Un buen día salir de la casa se traduce”, pensó “en tener los pensamientos más macabros” mientras terminaba de cerrar la puerta.
—Y otro, se convierte en la rutina precisa de materializarlos— contestó una voz detrás de él.
Sonrió para sí. Se volteó con lentitud para encontrar a su siempre oportuno interlocutor. Aunque, interlocutor no era la palabra que más se ajustaba ya que el texto en principio fue solo un monólogo, e inició como una idea inaudible para cualquiera. Nuevamente, esto no fue un impedimento para que él la completara.
Hacía tiempo había entendido que las ideas son de todos y es deber de todos mantenerlas enteras. De lo contrario, es mejor que ni siquiera empiecen, así sea solo en la privacidad del cerebro.
—Buenos días ¿A dónde va tan temprano?
—A que Dios me ayude con el odontólogo. Tengo un absceso que está amargándome la existencia, y de esas pendejadas es mejor salir por la mañana.
—¿Quién lo diría? Nunca me habría imaginado que usted prefiriera hacer algo antes del medio día.
—Es una cuestión absolutamente práctica. Acumulo bonos canjeables por ayuda divina y una visita al dentista es una oportunidad grandiosa para usarlos.
—¿Quiere que lo acerque a alguna parte?
—De hecho, sí. ¿Ve que funciona?
—¿Qué?
—Quién. Dios. Aquí está usted, al servicio de mis propósitos matutinos.
—Vamos. Tengo tiempo así que lo llevo al consultorio —contestó sonriendo ante el absolutamente inesperado descubrimiento de la fe de su amigo.
—¡Excelente servicio! —contestó riendo fanfarronamente, con una ojeda rápida al cielorraso. —Si no fuera ateo recomendaría a este tipo. Y, Diego, no es fe. Eso sería como tener fe en la gravedad —corrigiendo la frase no pronunciada.

(Continuará… espero)

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