domingo, 20 de diciembre de 2009

Todo sobre mi madre

Una tarde, al volver del colegio, la encontré sentada en su habitación llorando de la manera más amarga que alguna vez le hubiera visto. Y ella, era experta en llorar. Yo, en plena adolescencia, ya no le ponía mucha atención. En mi papel rebelde la despreciaba un poco cada vez que la veía en el plan de víctima que le compré toda mi niñez y que ya me tenía harta.
Pero ese día fue diferente.
Me asustó tanto verla sumergida en aquella tristeza tan profunda, inundada por todas las lágrimas que había soltado antes de que yo me asomara a su cuarto que, paralizada bajo el dintel por un segundo que nunca habré de olvidar, sólo entré después de recobrar el movimiento, a tratar de brindarle confort lo más rápido posible, como se le debe dar calor a un hipotérmico.
Allí, en el puff de la alcoba, abrazadas las dos, ella lloró más . Se intercambiaron los roles. Cuando le pregunté el porque, la respuesta fue: “es que tu abuela me hace mucha falta”.
Es ahora mi turno de permanecer en ese lugar. Inevitablemente, vuelvo cada cierto tiempo, y me invade la misma pena que ese día traté de ayudar a apaciguar y que aún sin comprenderla, me causó una impresión tan indeleble y duradera como la cicatriz de mi rodilla.

1 comentario: