martes, 7 de diciembre de 2010

7 de diciembre

Poco o nada me gusta hablar de mis dolores viejos, a los cuales respeto solemnemente y por ello no me expongo a vulgarizarlos en una de esas clásicas exaltaciones públicas de la tragedia personal que a algunas personas les gusta tanto. Pero llevo varios días, incluso unas cuantas semanas pensando en esta fecha y en las que le siguen.

Desde muy niña, para mi familia, diciembre era un mes decisivo en lo que respecta al final y el principio de cada año. Mi papás tenían una pequeñísima fábrica de cosas en madera y el producto principal eran las mesitas para ponqué. La temporada empezaba con las ventas que mi mamá hacía por teléfono desde octubre. Continuaba con la compra del triplex Pizano que nos vendía Doña Amelia (una paisa queridísima que creíamos solterona pero que en realidad era viuda). Mientras tanto, mi papá contrataba a un tornero, quien junto a Horacio, el ayudante de siempre, eran nuestros únicos empleados. Mi mamá pintaba las paticas de las mesas, que después se les ponían con unos ensambles refinadísimos de ebanista. Mi hermana y yo les ayudabamos, cual dos empleado enanos, desde que tenemos memoria. Primero poniendo por toda la casa las mesitas para que se secaran. Luego, cuando nuestra estatura nos lo permitió fuimos promovidas a pintar paticas y empacar los juegos de cinco mesas de diferentes tamaños para ponqués desde media libra hasta diez libras. Esas dos eran las labores más dispendiosas de la línea de producción. Creo que, a pesar de ser muy desordenada en la vida real, cuando tengo una tarea larga establezco muy buenos procesos, gracias a esos años de entrenamiento.

También acompañabamos a mis papás a entregar los pedidos en lugares tan variopintas como la calle 11, detrás del hospital San José, Santa Librada, Usme, la Pastelería San Marcos, la Guernika, la Santander, Cirano, Festitortas, etc, etc, etc. Primero íbamos en camiones normales y después en la Ford f150, única en su clase en la ciudad y que a veces veo por ahí, desvencijada de tanto andar.

Para aumentar la velocidad de producción, mi papá se inventaba maquinitas que nos ponían a hacer un fitness intensísismo que terminaba tarde en la noche todos los días durante semanas pero que no nos ayudo a crecer mucho. Toda esa carrera frénetica era para llegar al 7 de diciembre, la fecha culminante de la temporada de mesitas para ponqué, por el tema de las primeras comuniones del 8, junto con los matrimonios y los grados de los días siguientes. Lo que no se vendía hasta ese día, era muy difícil venderlo después y a punta de todo ese trabajo duro se pagaba la pensión del colegio de todo el año, las cuotas de la casa, las vacaciones y todo lo demás. Recuerdo que uno de nuestros mejores 7 de diciembre mi mamá desconecto el teléfono antes de las 12 de la noche, por que llamaban sin parar y ya no quedaba ni una sola mesita para atender los pedidos.

Esa era nuestra navidad, que para mi todavía huele a vinilo, a tinner, a laca, a madera recién torneada, a colbón y a aserrín. Muchos días de velitas no pudimos encender ni un farol frente a la casa, ya fuera porque estabamos muy encamellados o por que estabamos muy cansados.

Con los años, la tecnología y otras tantas cosas, el negocio fue muriendo. Después de que entramos a la universidad, la disminución de la ventas, sumada a la falta de innovación y crecimiento de la empresa familiar hizo que las navidades fueran muy duras. La última temporada que hicimos mesitas fue en la que mi mamá se enfermó. El 7 de diciembre de ese año nuestra familia había entrado en el más oscuro de nuestros capítulos y se fracturó cruel y dolorosamente para siempre. Ella, muy joven aún para morir, duró menos de veinte días, consumida por males que a uno sólo se le pasan por la cabeza en pesadillas, mientras a nosotros nos consumía el miedo, el dolor y el agotamiento, ya no del trabajo, sino de la rutina de la UCI.

Sin embargo, a pesar de eso, quiero a la navidad y quiero a los tristes 7 de diciembre con un cariño tierno heredado del amor de mi mamá al armar el árbol de navidad ya entrado el mes, y el pesebre el 16. Ella ponía cada oveja de ese pesebre, cada casita, cada pedazo de aserrín coloreado de verde con el mayor amor del planeta. Aún en mi adolescencia gozaba mucho el plan de ir con ella a comprar el cielo y hacer las estrellas. Es una sensación muy ambivalente: hacer el árbol me pone muy triste pero también me da mucha paz y me acompaña en la soledad de mi casa. Es una suerte de representante de mi madre y algún día Árbol Patricia estará rodeado de los nietos y todo será un poco más feliz, aunque no menos meláncolico. El dolor y la ausencia de los muertos de uno nunca pasa ni disminuye. Sólo se camufla con los años y los acontecimientos.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Resistencia a la pantallita

Hace algún tiempo, cuando tenía, no sé, 20 o 21 años, sentencié mi carrera profesional con la siguiente frase: “NUNCA voy a hacer diseño editorial”, y en contraposición, decidí: “me encanta lo digital y diseñar multimedias y páginas web y pensar en píxeles y en RGB y y y”… y demás verborrea que nunca se cumplió, thanks god.
La realidad era que había tenido un par de malos, muy malos días, luchando con los tabuladores de page maker y con la diagramación de alguna ventiúnica página de algún libro de texto para Norma (mucho antes de trabajar en la editorial) siendo la china de barrer el establo de una señora que armaba textos escolares para varias editoriales como Panamericana, McGrawHill y la mencionada arriba.
Duré muchos de mis semestres de universidad fascinada por los hipertextos y los códigos de HTML o de flash, que, nunca comprendía, por lo menos del todo. Mi novio de esa época tenía una facilidad pasmosa para dilucidar leyes física y convertirlas en animaciones a punta de fórmulas algebraicas y abreviaturas en inglés que sumadas hacían que una pelotita rebotara unas cuantas veces. Lo ví trasnocharse muchas noches para lograr que eso pasara. Y yo, a mi vez, intenté seguirlo, terca como una mula, ignorando el hecho de que, en realidad no me gustaba ni un ápice, ni tenía el menor talento para el rebote de la pelotita o de cualquier otra cosa que pudiera rebotar en flash.
Y un día, un semestre antes de graduarme de la universidad, llegó la oferta de Norma, la cuál decidió todo de ahí en adelante. Mi relación con los libros hasta ese momento había sido del todo emocional. Contextualizo: mi mamá era una mamá sobre protectora así que desde siempre mi hermana y yo estuvimos confinadas en una casa, que funcionó desde siempre, también, de una forma completamente opuesta a la de cualquier hogar del PLANETA. No éramos de la Hermandad de Zión, ni Adoradores de las Líneas de Nazca, ni masones, ni hippies, ni nada por el estilo, pero nunca fuimos una familia estándar. No hubo atari, “por que daña el televisor”. No hubo cable, “porque –a pesar de lo mucho que cuidaban el televisor– la televisión no es buena y no se va a pagar para ver televisión, además el canal 3 es excelente”. No hubo bicicleta, “porque a un niño lo mataron por robársela”. Más grandecitas, y esto es terrible, no hubo fiestas de 15, ni fiestas en general, “porque uno no sabe, el tío pervertido de tu amiguita o el primo que no conozco, va y te viola”. Mi mamá estaba loca. Pero entre toda esa locura, hubo música, cine y libros. A los 11 años había leído cuatro veces una edición de Cien años de soledad de Oveja Negra, que todavía existe por ahí, deshojada y sin tapas. A los 12 había leído los dos tomos del Decameron de Bocaccio (!!!), que tenían escondido para que yo no lo agarrara. Y así. También leí mucha basura, obvio, pero ese es otro asunto.
El tema es que, aparte de leerlos, no había tenido el deseo de hacerlos y aún así, desde Norma, los libros son lo que me da de comer. Me gusta mucho diseñarlos y muchos de ellos los he disfrutado enormemente. Pero todo el mundo tiene en algún momento un punto de avance y en el mío, estoy parada ahora.
El mercado para los diseñadores ahora está cada vez más limitado al pinche diseño digital, el cuál, honestamente ODIO. Me produce claustrofobia y sin exagerar me da un poco de nauseas pensar en estudiar algún posgrado en multimedia o nuevo medios. Para mi peor mal, es muy necesario, porque yendo más allá de Internet, el mundo va transformándose en una aplicación que puede arrastrarse con un dedo. O sea que mi resistencia a ello, es necia. Sin embargo, aquí va esta otra sentencia, que hoy, con cuasitreinta años y algo más de experiencia, espero se cumpla: “NUNCA voy a diseñar nada para web”. No quiero. No me gusta. No lo hago bien. Para enfatizar esto, ya estoy inscrita para hacer una especialización en historia del arte, leo a gombrich, a barthes (mamerto francés que odio un poco pero es tremendamente práctico), hauser y francastel (que odia a hauser, jeje, lo cual es muy divertido porque cada cierto tiempo aprovecha para echarle alguna puya al otro). Y terca como una mula, voy a volver a presentarme a la universidades brasileras para hacer mi maestría en comunicación con el fin de hacer algo que si me gusta y quiero, mientras que, de paso, resuelvo un mundo de acertijos laborales y profesionales de los que no voy a escribir ahora, pero puedo anticipar que sus respuestas me alejaran del diseño como mi primera actividad, por que no accederé a ser una chica digital o por lo menos no una chica diseñadora digital. Guacala.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Saladin Chamcha

Saladin Chamcha, el hombre de las mil voces e indio renegado con pretensiones de inglés, cae un día sobre el Canal de la Mancha expulsado de la panza de un Bostan proveniente de su patria, que es dinamitado por fundamentalistas islámicos tras mantener en cautiverio a algunos de sus pasajeros durante 111 días, en algún aeropuerto europeo. En el camino al acuatizaje forzado, tiene que soportar un sinnúmero de irritantes ocurrencias por parte de su coterráneo, Gibreel Faristha, estrella de Bollywood que ha interpretado con humildad a todas las deidades hindúes en el género del cine teológico y que para Chamcha sólo representa lo que él más odia en si mismo: su origen.
Comienza en ese momento la tragicomedia de la transformación de los dos indios en dos seres, que, a ojos del narrador y causante de todo este teatro (dios-demonio-allah) tal vez sea la real forma adecuada para estos personajes, auto convertidos en la exaltación y la deshonra del país del cual provienen. Un país roto, como una cubierta de caramelo demasiado grande y fina para ser mantenida en una sola pieza, a la cual, para más tristeza, le han metido la cucharada ingleses, musulmanes, hindúes, budistas, zoroastrianos y extranjeros de todas las plazas.
Chamcha, en pago a su decisión de desertar de sus genes empieza a transmutar en un sátiro con voz bestial, aliento de cloaca, olor a azufre y erecciones monumentales. El buen Farishta es en cambio coronado por una brillante aureola y alas de envergadura excepcional y hermoso plumaje. Demonio y ángel son las marionetas de un ser que se adivina pocas veces en el libro* y que los utiliza para ser parte decisiva de distintas historias en distintos tiempos, como la iluminación de Mahoma por parte de Farishta en su alter ego arcangélico: Gibreel (Gabriel), quién mientras el actor indio duerme, es manejado hábilmente por el “narrador” para dictar los textos del Corán al profeta.
Pero el drama de estos dos conejillos de indias de alguna deidad, que al parecer, utiliza a la historia y a la humanidad para divertirse en un cruel y sofisticado nivel, no radica en sus cambios monstruosos (sean un par de cuernos o una aureola) sino en la búsqueda de la transformación que ellos mismos han emprendido y que, sobre todo a Chamcha, le ha dejado como un lienzo vacío incapaz de reflejar nada.
Chamcha, en particular, es un personaje que aún deseando ser complejo, es muy fácil de retratar y su drama se reduce al de un hombre que se abandonó por rencor a su sangre y que en su desprecio por si mismo y en el esfuerzo de la autoconstrucción se traga entero el cuento de su máscara inglesa, flemática y sin aliento a Bombay. Máscara que a parte de su odio, no esconde nada por que todo su ser indio fue aniquilado por la vergüenza propia y la de su gente, al ver el engendro que la ocupación inglesa ha hecho de él.
¿Cuántos saladines no se cruza uno en el camino? ¿Cuántos personajes llenos de datos inútiles y continua “automodelación” no saluda uno todos los días? Como figuras de barro, dúctiles, que pueden tomar cualquier forma y que se abrazan a cualquier detalle y cualquier doctrina o “roban” pensamientos, parlamentos de película, maneras y costumbres que les ayuden a formar una escultura de papel maché alrededor de si, para ocultar al provinciano o al clase media. Muchas veces yo también me siento como uno de estos gólems, creando mi vida con las cosas que he aprendido de otros y que en algún momento parecieron ser “la verdad”, para dejar de ser lo que nací y ser lo que hago de mi. Estos días los dedico a dejarme ser, sin siquiera querer agradarme, por que el espejo de Saladin me da miedo y no me gusta sentir miedo. Ante esto, mi imprudencia seguirá de la mano de la vehemencia.

* Los versos satánicos, Salman Rushdie

jueves, 2 de septiembre de 2010

Oddness

Como a cualquiera, me molesta mucho que algunas personas me resten validez, peso, gravedad. Que me hagan sentir tan ligera y tan trivial, tan poco importante. Me molesta hasta la furia, por que la única que tiene derecho a pensarme de esa forma, soy yo. Y cuando alguien, denodada e intencionalmente pretende restregarme en la nariz alguno de los adjetivos de arriba, sólo por causa de sus preconceptos y su “miopéz” con respeto a lo que creen que soy, me fastidia y me alejo. Le pierdo el respeto para siempre. Me ha pasado ya un par de veces este mismo mes con personas de calañas completamente opuestas. No, no puedo respetar a alguien que supone que puede pintarme en dos brochazos o a alguien que no se da cuenta de que con el correr de los años soy una persona distinta y que no puede tratarme como cuando tenía 23 y era una larva en casi todos los aspectos. No concibo que un ser humano sea incapaz de ver la evolución de los otros, sólo por exhibir una superioridad que no está más que en los ojos con los que se mira al espejo. Por eso quiero tanto a los que me quieren, por que junto con ellos y conmigo ha evolucionado nuestra relación y la mutua imagen. Y por eso desprecio a quienes, debajo de la cáscara de la cordialidad, a su vez me desprecian. No voy a hacer un nuevo esfuerzo con estos personajes que reemplazan la nobleza por prepotencia. ARGGGGGGG. Por otro lado mi soltería ya empieza a estorbarme en éste, para mi, nuevo mundo, donde la concurrencia a las fiestas, paseos y demás, es en números pares y donde personas a la cuales les corre el mute del matrimonio por las venas, hacen comentarios como: “Ya es hora de que Patricia venga con alguien” o dejan entrever que mi “oddness” los hace sentirse incómodamente responsables por mi, cuando yo soy mi única e intransferible acudiente y no quiero nada diferente, por que odio sentirme como el comodín, como el jocker de la baraja. Por eso estoy considerando seriamente dedicarme al gimnasio y dejar de lado los encuentros sociales.

miércoles, 21 de julio de 2010

Sueño lucido

4:59 a.m. Los números rojos brillaron, en el reloj despertador sobre la mesa de noche. La alarma muda de la costumbre, lo despertó un minuto antes del zumbido programado para las 5:00 a.m. Un minuto, un minuto más. 4:60 a.m. Deformes, los números anunciaron una hora imposible y la súbita oleada de sangre a la cabeza de la emoción encontrada, lo llenó de las incontables posibilidades que ese reloj señalaba. ¿A dónde ir? ¿A quién visitar? ¿Qué conocer? ¿Qué satisfacer? Miró a su alrededor sin tomar todavía una decisión cierta. Sabía que debía pensar rápido antes de que todo se esfumara, pero por un momento sólo quiso concentrarse en su nueva situación y sumergirse en ella, como quien toma una bocanada de aire y se zambulle en una profunda piscina de agua helada. Con movimientos lentos y ligeros se levantó de la cama, y contemplando todo agudamente, empezó a caminar, todavía sin saber que hacer con su libertad. Cerró los ojos y lo supo. Hablar con ella, eso era lo que quería. Sin titubear ese era, de lejos, su deseo más acuciante. En otras ocasiones, con los sistemas morales del consiente desactivados, había tomado decisiones deliciosas e inquietantes como tener sexo perverso y demente con mujeres que generalmente sólo deseaba a distancia, o decisiones perturbadoras y maniacas como desollar vivo al patán que se había acostado con esa exnovia de la que continuó enamorado por años, después de que ella le terminara. También había hecho cosas más inocuas y aceptables para el rígido consiente, como volar a Paris, o sólo volar. 4:23 a.m. Perfecto. Al abrir la puerta de su habitación, encontró la habitación de ella, quien lo esperaba, tranquila y sonriente, como hacía tiempo no la había visto, sentada en la cama, feliz de verlo. La ventana al fondo dejaba ver un cielo anaranjado que no pudo atribuir con certeza a un amanecer o a un ocaso y la luz que entraba la bañaba de existencia. La hacía palpable y sin pensarlo estiro su mano para tocarla pronto. —Tienes que hablarme fuerte, para que no nos despertemos. Ella volvió a sonreír y la felicidad de la vivencia ficticia, la hizo real, entonces ya nada importaba. No tenía por que levantarse. 5:00 a.m. El zumbido.

Espero no estar escribiendo igual que Santiago Rojas… Si es así, matadme.
En serio, por favor. Que alguien me escupa si me lo merezco.

martes, 6 de julio de 2010

Una buena muerte

Citando nuevamente a mi bienamado Caballero Calderón (aun a pesar de su afición a la tauromaquia que me cuesta un poco creer), repito las palabras que le dijera su maestro don Tomás: “No escribas sino hasta que tengas algo que decir. No trates de escribir bonito….”

Cuando uno pasa mucho tiempo solo, necesariamente hay un punto en el que se empieza a pensar en la muerte con cierto juicio. Yo, al respecto, he pensado diez mil cosas. Tengo por ahí una última voluntad y todo, y no es por macabra. Simplemente, la muerte, como la vida y la shit, happens. En estos días, varias de las personas que leen este blog y yo, lo volvimos a recordar de forma cruel, terrible, increíble y absurda, como muchas veces es la muerte.

Durante las exequias de una persona, a la que todos los presentes (muy cercanos o no tanto, como es mi caso) le habríamos regalado un año de vida propio, para que hubiera sumado 500 años más, o por lo menos lo necesarios para que su historia hubiera sido distinta, volví a pensar en la muerte, y más específicamente en una buena muerte. Hace un tiempo escribí una entrada acerca de esto, pero hoy la reescribo, con una buena porción de dolor por el dolor ajeno.

En la misa, el sacerdote habló del hecho de “prepararse para la muerte, prepararse para morir bien” ¡Qué cosa tan difícil! Pero, lejos del fatalismo esa es una de esas vainas que uno no debe dejar para después. Por que tener una buena muerte, implica necesariamente, tener una buena vida, y como dicen por ahí “la vida es eso que pasa mientras uno está muy ocupado haciendo planes”.

Yo he tratado por todos los medios posibles, de ser una mejor persona, de forma muy consciente con respecto al tema de no morirme con los “calzones rotos” (espiritualmente hablando, claro está... bueno, literalmente también), pero no puedo negar mi carácter. Hace un tiempo vi un pedacito de una entrevista a Anne Hathaway sobre su papel de la Reina Blanca en la Alicia de Burton y ella, después de decir que se había inspirado en Nigella Lawson, dijo que básicamente había pensado en una mujer que, aun siendo muy violenta, quiere ser pacífica: “algo así como una pacifista con un fetiche por los cuchillos”. A veces siento que esa definición me cala perfectamente.

Sin embargo ahí voy, tratando de hacer algunas cosas “simples” pero complicadas, como no tener apegos materiales, para no quedarme pegada a esta tierra por alguna tontería como un papel o un amor del pasado, no juzgar ni prejuzgar, cosa que ¡Dior mío! me es tannn difícil… tener un poco más de paciencia, aceptar y no tratar de forzar nada. Reírme más, llorar más, dejar de hacerme la fuerte y la intocable, la inamovible. No matar nada (ni la cucaracha inocente que a veces se cae de la ventilación en la cocina). Asumirme y no darme palo por ser como soy en algunas vainas. Y ser más valiente en el amor, por que padezco de una aguda “taradez” emocional, regalo de algún cruel ex novio que no debí recibir y que todavía no puedo hacer a un lado.

Y bueeeeeeno… la vida se me va en tratar de hacer las cosas para irme en paz, pero coño, es complicado. Sobre todo la parte de amar. Mientras tanto, uno debajo de su costra de trabajo y obligaciones busca casi con ansiedad lo importante, piensa en los hijos que se quiere tener y que se van con cada nueva caja de píldoras, trabaja sólo para sí mismo ya sin mucho más sentido que no tener culebras y hace planes para cosas que se pueden tardar más de dos años en pasar, y tal vez, no pasen.

domingo, 30 de mayo de 2010

Camuflaje

Camuflaje eficaz
Desespero por mostrarte más
Todo lo profundo ama el disfraz

Separemos el amor
De la avidez de mitigar dolor
¿Sólo por espinas desechar la flor?

Mi torpeza habitual...
Hasta hoy

Demasiado es nada para hacer
Estoy romántico y repleto de clichés
Sin mi camuflaje, me entregué a vos
Como yo...

sábado, 24 de abril de 2010

Alekos y yo

Dice la sabiduría popular que todas las mascotas se parecen a su dueño. Y en mi, esta expresión es sin lugar a dudas totalmente cierta. Yo soy la afortunada poseedora, o más bien madre adoptiva, de una hermosísima gata de largo pelaje aterciopelado gris grafito que cambia a un gris muy clarito cuando uno la acaricia.
Alekos es como la dueña desde chiquitita: independiente, pendenciera, voluntariosa, malgeniada y media, consentida como ella sola, pero noble, muy noble y tremendamente amorosa. También es muy nerviosa. El segundo día de haber llegado a mi casa, cuando tenía dos meses y yo todavía creía que era gato, se metió en el motor de Juanita la Glotona, una camioneta Ford F150 que teníamos en ese entonces. Duro otros dos días allí metida, de donde sólo salía para comer y dejar sus hermosas huellitas y sus posticas gatunas en la arenera. Pero desde que la saque de las mechitas de allí, con el motor en neutro para no hacerla puré, hemos sido inseparables y nos amamos con locura.
Su carácter nos ha dado bastantes sustos. Perdió los dos colmillos de arriba en peleas con otros gatos y a menudo llega con heridas y rasguños. Un día, cuando aun existía Juancho II (uno de los pinos que mi mamá sembró en el antejardín), la vil y calculadora se escabulló por el patio de atrás y para tratar de llegar a la calle se le mandó al árbol desde el tejado con tan mala suerte que lo único que consiguió fue aporrearse, troncharse una pata y hacerse una herida de relativa consideración. Magullada, maulló en la puerta del frente para que la dejáramos entrar. Durmió con mi hermana temblando toda la noche por el dolor de la pata y el susto que se llevó.
Luego, en un invierno, se despareció ocho interminables días. Todas las noches llovía y yo después de buscarla sin resultado, llegaba a llorar a la casa mientras oía los relámpagos afuera y hacía trabajos para la universidad. Volvió una mañana, en que mi papá la oyó maullar en la acera del frente y yo en piyama y trasnochada, salí descalza a rescatarla del tejado de los vecinos, donde se encontraba arrinconada desde hacía unos días por las fauces de Tony, un perro amigo nuestro de la cuadra. Llegó ronca, con tos y comió sin parar por media hora.
Y así, ha continuado y continuará metiéndose en problemas por su forma de ser gatuna. Hemos roto vidrios como ladrones para rescatarla de casas desocupadas donde se queda atrapada, le hemos curado las infecciones y las heridas que le pegan y le hacen otros gatos en peleas, la hemos buscado, la hemos encontrado y seguiremos haciéndolo las veces que sea necesario. Por que la adoramos y por que la aceptamos.
El jueves por la noche, fui yo la que salió en una excursión con pésimos resultados. Ofuscada por problemas personales ridículos que se entrometen en mi lugar de trabajo y por muchas cosas que ahora no están saliendo bien en mi vida y que desde hace un tiempo me han causado algo que hora sin miedo a mentir puedo llamar depresión, salí de la oficina tarde y empecé a caminar, que es lo que muchas veces hago cuando estoy así. Hace rato no me daba la depre caminadora, pero esa noche, estúpida de mi, con portátil, celular y iPod, me pareció una grandiosa idea. Cuando menos me di cuenta ya estaba en la 53 y de allí a la casa son sólo 20 minutos, entonces continué. En la 7 con 66 a las 8:45 p.m. y a 5 minutos de mi casa, me agarraron 4 manes, delante de no menos de 10 personas. Sólo se llevaron el iPod por que no dejé que tocaran la maleta que contenía nada menos que mi vida y mi herramienta de trabajo, pero en el forcejeo me pegaron y erraron una puñalada que de haber sido certera, me habría perforado un pulmón. Como recuerdo aparte de la ausencia del iPod, me quedaron morados en un brazo, en una pierna, el hueco de 10 cm de la blusa y una cortada de 1 cm de largo entre las costillas, que a pesar de ser minúscula, me aterra. Esa es toda la verdad. La versión oficial para la oficina y los amigos regañones es que me bajé en Carulla de la 63 a comprar pan. Que mierda decir mentiras, pero es que odio aceptar mi imbecilidad.
El viernes, como Alekos, volví a la casa de mi papá, temblorosa, con gripa porque el susto me bajó las defensas y llena de miedo por mi tontería y por lo que casi fue. Pero ese es mi carácter. Sin duda, mi hermana seguirá oyéndome llorar en el teléfono, seguirá cuidándome las heridas, seguirá ayudándome a resolver los problemas en los que meto y seguirá adorándome.
Decididamente las mascotas se parecen a sus dueños.
Ahora, me despido, por que salgo otra vez de excursión, aunque es una fiesta, y voy sin portátil.

lunes, 12 de abril de 2010

La parte que más me gusta de Mediterráneo

...
si un día para mi mal
viene a buscarme la parca.
Empujad al mar mi barca

con un levante otoñal
y dejad que el temporal
desguace sus alas blancas.

Y a mí enterradme sin duelo
entre la playa y el cielo...

En la ladera de un monte,
más alto que el horizonte.
Quiero tener buena vista.

Mi cuerpo será camino,
le daré verde a los pinos
y amarillo a la genista...

Cerca del mar. Porque yo
nací en el Mediterráneo...

Yo no nací en el Mediterráneo, pero sí, enterradme sin duelo entre la playa y el cielo.

lunes, 5 de abril de 2010

Bogotá - Memorias Infantiles

Cuando Suba era todavía un pueblo a las afueras de Bogotá, vivía allí un panadero legendario por la historias que contaba todas las mañanas acerca de las luchas que mantenía, mientras horneaba pan después de la medianoche y durante la madrugada, con espíritus inmundos que lo acosaban en su casa y lugar de trabajo. El charlatán solía decir que los espantaba escupiéndoles palabrotas y gargajos, y que, como consecuencia de sus numerosas experiencias, ya no había nada que pudiera asustarlo. Las señoras y los niños sabían que el pobre no era otra cosa que un solterón beodo, el cuál después de unas cuantas cervezas, quedaba tendido sobre la vitrina del pan, cerca de la hora en que sus némesis espectrales empezarían a atormentarlo. Nadie le ponía mucha atención.
Una noche mi adolescente mamá y dos de sus hermanos menores, los gemelos Alejandro y Darío (llamados así por Alejandro Magno y Darío de Persia), imagino que en un momento de aburrimiento, decidieron divertirse un rato a costa del panadero mentiroso. Los tres malvados se dirigieron cerca de las 12 de la noche a la panadería y esperaron a que el personaje comenzara con el ritual nocturno de empinar el codo y gritar barrabasadas de borracho. Aprovechando la oscuridad de la noche cómplice de su granujada, se subieron al tejado de la casa del panadero por donde podían verlo perfectamente a través de una claraboya, debajo de la cual estaba el personaje. Mi madre, quien fuera la mente criminal orquestadora de toda la operación, sacó de una bolsa una funda para almohada que le enfundó (valga la redundancia) en la cabeza a uno de los gemelos, ajustándosela lo más posible en la nuca con el fin de lograr un perfecto efecto aterrador, mientras que el otro sostenía una velón debajo de su rostro sin rostro. El encapuchado iluminado por la luz de ultratumba, golpeó fuertemente en la claraboya para llamar la atención del panadero que de repente se quedo lívido para luego reaccionar gritando insultos contra el primer fantasma de verdad que veía en su vida. Luego lloró histérico y rezó. Mi mamá decía que estuvieron a punto de matarse por que la risa casi los hace caer del tejado. Al día siguiente el panadero tuvo una historia real que contar, aunque la mitad en la que lloraba y rezaba solo la contaba el fantasma.
Este y otros tantos, tantísimos relatos de una Bogotá muy pequeña, lejana y gris se los oí a mi mamá toda mi infancia. Los recuerdo ahora, que por cosas de la vida me reencontré con Eduardo Caballero Calderón en Facebook, cuando desde el más allá me agregó como amiga. Unos días después me acordé de Albania mientras caminaba desde el centro hasta chapinero con mi jefe y amigo, "Frufris" (quien espero que no lea esta entrada con su irrespetuoso apodo). Albania era una casa de campo ubicada en la ahora calle 53 entre la carrera 13 y la carrera 7, que fuera propiedad de los Calderón cuando allí no había ni la sombra de ciudad y a la cual nombra Caballero Calderón en su libro Memorias Infantiles y es muy impactante para mi que eso suceda, por que mi papá vivió en Albania mucho tiempo después de la época de la historia del libro. Allí mi padre y su hermano mayor pusieron un tallercito de carpintería y sería allí también donde mi padre habría de encontrar a su hermano adorado acurrucado detrás de un mueble en una alcoba, muerto después de empacarse un frasco de Baygon.
Ahora estoy releyendo Memorias Infantiles, y esa ciudad anclada en las montañas de algunas pocas calles no me es extraña. La conocí bien por las historias de mi mamá, que a su vez contaba las historia de mi abuela y mi bisabuela. Todas con un sino un poco trágico donde el suicidio de mi bisabuelo frente a su esposa y sus hijas, marcó la perdida de las haciendas plataneras y los terrenos en los llanos junto al enfrentamiento al destino de nuevos pobres por parte de mi abuela y sus hermanos, quienes acostumbrados a nanas e institutrices, nunca pudieron reponerse del golpe y se convirtieron en adultos débiles y depresivos.
Las historias de los fantasmas y aparecidos de la Candelaria, como Irene, una bella mujer que no deja de peinarse sentada en la pileta de un patio de alguna casa colonial, o la del Virrey Solís, merodeando las calles empedradas del ombligo de Bogotá, tampoco me son ajenas y la casa de mi bisabuela y mi abuela a principios de siglo, la siento tan cercana en el tiempo que parece un recuerdo implantado genéticamente en mi, generación tras generación. Además siento que mi amor por Caballero Calderón se aviva después de tanto tiempo de haber permanecido un poco escondido. Hace un año leí Caín que es magistral y como muchos de sus libros gira alrededor de la violencia bipartista en Boyaca a mediados de siglo. Antes había leido Siervo sin tierra y El buen salvaje. Pero Memorias Infantiles es definitivamente el libro que más me gusta de él. Me muero de la risa con su "imitación" de la voz del cura recitando "el misterio que tenemos que contemplar es el de los cinco mil y más azotes que dieron a Nuestro Señor Jesucristo atado a una columnaaa" y me conmueve profundamente su constante mención a la agonía lenta y dolorosa de su joven madre, operada de un cáncer sin anestesia.
Es como si todo eso que escribe él allí, me lo contara mi mamá. Para mi, releer ese libro es recordar. No lo leído por mí, sino lo vivido por ella y las mujeres de mi familia que me antecedieron.

lunes, 29 de marzo de 2010

Dicas para quién desee ser un estudiante extranjero

Mañana, por fin, enviaré mi "projeto de pesquisa" y los papeles completos a la USP (Universidad de São Paulo). Ya está todo. Sólo me falta pulir un par de cosas de ortografía y redacción, pero ya está todo. Le estoy quitando un ratico de atención a finalizarlo a Él, para escribir, mientras tengo todo todavía fresco en la memoria, algunas "dicas" que todo cristiano que desee ser un estudiante extranjero, debe tener en cuenta.

1. Los tiempo, los plazos, los cierres, las datas
Si usted quiere irse a estudiar a cualquier lugar de planeta, ya sea becado o por sus propios medios, le recomiendo que empiece por averiguar con las universidades y las embajadas todos los plazos que ellos tengan establecidos para la selección de alumnos extranjeros por ahí unos dos años antes de irse.
No es exagerado y no miento. Por ejemplo, si entre los requisitos está un certificado de la lengua que usted hablaría en el lugar, conseguir ese certificado puede no ser sencillo o rápido. A mi me llevó un año conseguir el certificado de portugués.
La otra cosa por la cuál es importante hacer esto antes que cualquier otra cosa, es que usted sepa donde está parado y siempra tenga definido el siguiente paso a seguir, lo cual es fundamental para que pueda irse en el tiempo que tiene pensado y no un año después o nunca.

2. Los trámites
Muchas universidades piden papeles como una copia del diploma o certificados de notas legalizados ante la respectiva embajada. Si es así, no llegue a la embajada con su ingenuidad y sus copias por que lo van a sacar corriendo. Para obtener el visto bueno de la embajada primero hay que legalizar los originales en el Ministerio de Educación y en el Ministerio de Relaciones Exteriores. La vuelta del min. de educación la hace en una mañana y le cuesta $2.900 pesos por documento. Para la del min. de relaciones exteriores le toca sacar cita un día antes en un tel que esta en la web de la cancillería y se la asignan con un número de radicación, una hora y un lugar que definen ellos y que son siempre los súper cades. El asunto cuesta $15.000 por documento.
Después de tener esto si puede aparecer en la embajada, donde, pueden demorarse algunos días hábiles y siempre tienen horarios distintos para recepción y entrega de documentos. El precio puede variar, pero no será menos de $15.000 pesos por papel.
Cuando le entreguen los documentos con el sello de la embajada, tiene que sacar fotocopias de todo y autenticarlas en una notaria. Si no lo hace sus fotocopias no serán válidas.

3. Aliste con anterioridad cartas de recomendación, un buen currículum y alguna publicación interesante que tenga en su haber.

4. No deje, como yo, los papeles originales (diplomas y certificados) en un taxi, faltando 13 días para que se termine el plazo de incripción a la universidad o la embajada. Si definitivamente lo va a hacer, hágalo faltando mes y medio o dos meses para que pueda ahorrar para las copias las cuáles son MUY caras y se demorará un mes y medio en volver a obtener. También tendrá que ponerle sello a todo nuevamente. Lo más importante si le sucede esto, o se las come su perro o cualquer cosa absurda de esas que pasan: no llore, no piense. Haga y haga rapido lo que deba hacer para que no pierda la oportunidad de irse.

(PD. yo recuperé el diploma gracias a que soy una boba con suerte y todo siguió su curso normal.)

martes, 16 de marzo de 2010

Tristeza não tem fim. Felicidade, sim

Nunca me ha gustado mucho la poesía. Pienso que para encontrarle el lado (o mejor para que la poesía se lo encuentre a uno) se necesita ummm, ¿cómo decirlo? de una cierta languidez en el alma de la cual no soy poseedora, y nunca lo seré. Este hecho me hace una completa ignorante en este tema, y aunque en mi primerísima juventud leí a Gustavo Adolfo Bécquer y siempre me ha llamado la atención leer a personajes como León de Greiff y Garcilaso de la Vega, no lo he hecho. He leído un par de versos, chuecos, en la recopilación de Daniel Samper Pizano, a la que si le hallé el ladito, pero esos son todos mi acercamiento a la poesía.
Sin embargo uno piensa en esto y se da cuenta que la poesía y la tendencia natural a convertirlo todo en un “algo”literario van muy de la mano, entonces aquí va mi alguito:
“Los momentos de felicidad verdadera son como blueberrys en muffins agrios y mohosos. A algunos les tocan muchos, y otros no les toca sino dos o tres.”
Perfecto para los versos chuecos y se puede aplicar a muchas cosas ricas y escasas. Alcaparras en ajiacos, chips de chocolate en helados, pedacitos de longaniza en fritangas, mariscos varios en arroces marineros, paellas o arroz con camarones, y/o aceitunas donde sea (en el ajiaco, el helado o los arroces).
Es extraño el que haya pensado en “poesía” esta noche. No pasa nada en particular. Nada. Pasa menos que nada. Solo “sucede” una calma chicha un poco inquietante, porque de unos años para acá tengo la claridad de que después de la calma viene la tempestad. Pero yo soy una de esas que se engulle el festín de un bocado, y ya quiero que la quietud acabe, sea lo que sea que venga después de ella. Excepto, claro está si lo que está por venir es malo para mi papá, mi hermana o las mininas, quienes para mi, como para los Niños Perdidos, son mi único pensamiento feliz. Y tal vez por eso es que la palabra “poesía” se me atraviesa nuevamente, con lo que para mi significa: tristeza, desgracia, dolor. Ahora tengo de todo un poco, pero en cantidades mediocres que no dejan que mi vaso este realmente medio vacío.
Y mientras pienso, encuentro esto:

Viva la vida
Que ayer que ayer
Se fue

Vivan las sombras
De mis voces
Llorando lejos

Vivan los sueños
Que nunca despertaron
Mi amor

Felicidad
¿Qué importa ya?
Si canto a la luz de tu sombra

Viva la vida
Que ayer que ayer
Se fue

Vivan las noches
De tus voces
Durmiendo lejos

Vivan los sueños
Que nunca despertaron
Mi amor

Felicidad,
Felicidad
Tomando el mescal de la luna

Y sigo pensando, y me doy cuenta de que la poesía si tiene posibilidades de gustarme. Pero ésta, con voz y con música. Hermosa.

lunes, 8 de marzo de 2010

La soledad al cuadrado (#smartpeople)


Smart People es el título de una película con Dennis Quaid y Sarah Jessica Parker, que hace un gran retrato de lo que he pensado últimamente y es que los intelectuales también son vacíos y vanos, como niñas bonitas que en lugar de exhibir sus tetas operadas, pasean sus cerebros repletos, henchidos de sus ideas de silicona agria y venenosa. En mucho no se diferencian de lo que con tanta saña critican.

Hace poco asistí a una reunión en mi oficina, donde Twitter fue uno de los invitados y descubrí que este portal es la vitrina y el ring de lucha de muchos de estos “#smartpeople” (perdonénme, no se si lo hice bien y no se por que las palabras van pegadas o el porque del #). Uno pasea un rato por las páginas de twitters reconocidos y sale asqueado de sus inteligentes discusiones y de sus sucias peleas. Es vergonzoso. No tengo Twitter y me parece un invento macabro: contra el idioma, contra las relaciones personales, contra el sano debate, contra la vida de verdad que no pasa frente a un monitor. Siempre he dicho que contestar mal es un arte. Pero ninguno de esos personajes que cambiaron la vida por una pantalla de computador, sus nombres por nicknames y el debate por los insultos sin rostro, lo domina.

Tal vez el problema radique en mezclar “los negocios con el placer”. Este asunto de trabajar todo el día conectado a todo el mundo por que ahora las cosas se mueven así. El computador es sólo una herramienta, no el poseedor de todas las respuestas. Pero es encandilador el monigote entonces uno insiste en preguntar y preguntar y preguntar.

Pero no. Ese no es el problema. Tal vez no exista un problema. Tal vez Twitter y demás enajenaciones sociales son el producto perfecto para las necesidades reales de nerds, geeks y freaks. Finalmente fueron ellos quienes se las cranearon. Y tal vez esta muy bien que tengan un lugar en el cual puedan restregarse en las narices sus brillantadas unos entre otros sin poder darse en la trompa de verdad. Al decir esto, no puedo evitar recordar una vez que Alekos dejo una hermosa posta gatuna bajando las escaleras y mi papá la pisó, descalzo. El castigo de mi enfurecido padre fue agarrar a la gata y untarle el regalito en su peludo y adorable hocico, mientras le decía: "¡ESO NO SE HACE!". Es como lo mismo.

El todo termina en que uno se mira en los “espejos” de estas personas que también tienen un computador que pueden llevar a la cocina, la cama, el baño, etc., y pues el asunto es que no quiero ser así y decidí limitar el uso de este moderno y embrutecedor aparatico. Prefiero lavar la loza, poner botones, jugar UNO con Paula y Jaime, bordar con punto de cruz, quitarle el hongo a la poncettia, visitar a las gatas o caminar un rato por ahí a esa soledad al cuadrado que no ayuda contra las arterias tapadas, los triglicéridos altos y la ausencia de vida familiar.

Y no, para mi no vale incluir a Twitter como el nuevo integrante de las reuniones con la familia o con los amigos para poder ordeñar a la inteligentísima y tediosísima mapaná de voz pausada y mirada sospechosa que se lleva entre las vísceras antes de que muerda... de nuevo.

lunes, 22 de febrero de 2010

La política hablada

Una entrada corta.
Hoy realicé todo lo difícil que es hablar de política con el mundo, en general. No se si en esté país, por que tal vez suceda en todos. Pero hoy me pasó algo que me dejó un poco estupefacta y fue que nombré a Uribe como el Principito Paisa delante de una persona con la que trabajo. Esta mención desato un discurso en contra de los regionalismos y de como estamos jodidos por no dejar de hablar mal lo unos de los otros en nuestro mismo y amado terruño (no con palabras como "jodidos" sino con otras muy diplomáticas, pero a mi me molesta hablar así por que no cuento la diplomacia entre mis virtudes). A mi todo ese asunto, incrible pero atrayente, de la paz y el amor para los hombres de buena voluntad me parece que está muy bien. Creo que es un poco difícil por que los hombres de buena voluntad, bueno, no son muchos o no están en posiciones de poder. Pero haré lo que pueda para creer en personajes como Mockus, que es el optimismo en pasta.
El asunto es que quedé absolutamente muda después de la descarga de patriotismo y me sentí muy mal por haber ofendido a mi compañero y por mi pensamiento antisemita. Pero luego salí de la confusión que me causó la vehemencia con la que habló y me sentí peor por la censura que me impusó. Yo creo que el quedo muy orgulloso por haberme "obligado" a guardar respetuoso silencio, pero en un par de segundos reflexioné y me dí cuenta que mi comentario no había tenido nada de regionalismo, racismo o xenofobia. Simplemente creo que a Uribe, para agrado o desagrado de los paisas, y para desagrado mío (por Uribe, no por los paisas) una de las cosas que lo definen tajantemente es haber nacido en Salgar, Antioquia y ser parte de una dinastía antioqueña que es dueña no solo del pueblo de la que es oriunda, sino del país ahora. Su educación con zurriago, es la que recibe el pueblo colombiano y no me gusta. No me gusta su estilo de finquero para llevar a la nación. Lo cuál no significa que tenga algo en contra de los finqueros. Simplemente, el uso del español nos permite utilizar figuras como el símil, o sin ir tan lejos, utilizar adjetivos para describir. Si fuera por las rapidas lecturas de las frases ajenas, bueno, el diccionario entero no podría ser usado.
No quise prolongar una discusión bizantina, pero la respuesta que callé en un acto de prudencia muy raro en mi, era que lo que verdadermente nos tiene jodidos, recontrajodidos, ultrajodidos, es esa urticaria que causan en otros las ideas ajenas y la expresión radical y apasionada de quien defiende su punto de vista con un bulldozer ante las palabras que no son dichas como quisiera oirlas y la opinión en contra. Una de las cosas que uno debería aprender es en que situaciones debe ser elástico y en cuáles no, y sin miedo a decir alguna falacia, la mayoría de las personas son completamente incapaces de reconocerlas y actuar en coherencia con eso. Por ejemplo yo no voy a ceder en mi negativa ante la propuesta de, no se, voy a pensar en un escenario ultramacabro... matar a un gato a golpes. Pero si puedo conceder silencio y tranquilidad ante las opiniones ajenas. Lo increíble es que haya gente que ceda en lo de matar el gato a golpes y no ceda ante la opinión del otro. Increíble, pero pasa.
No estoy diciendo que esta persona, de quien tengo un muy buen concepto y a quien aprecio, pueda actuar así. Son simplemente las cosas que se me pasan por la cabeza a raiz de este pequeño incidente. Sinceramente, no me haré una mala idea de él por sus minutos de absolutismo. Todos los tenemos.
Yo por ahora, además, asumo el regaño. No en su contenido, por que no voy a dejarme untar de posiciones pro o anti regionalismos. Soy Ginebra (Suiza) en esas cuestiones paisas-contra-cachacos-contra-paisas-contra-costeños... Bueno, lo sería si Ginebra pudiera opinar. Puede sonar paradojico. Pero no. La neutralidad no es el "no punto de vista". La neutralidad es el respeto al punto de vista ajeno.
Digo entonces que asumiré el regaño, pero por la forma en que lo causé: hablando a diestra y siniestra sin un poco de medida. Para preservar mi paz y no volver a oir estas cosas, trataré de ser más selectiva con las personas con las que hable sobre espinosos asuntos como la política y de reprimirme un poquito a la hora de poner apodos.
Por eso odio hablar de política, con cualquiera. Por que implica educarme.
No resulto corta la entrada.

domingo, 14 de febrero de 2010

Linda, de San Valentín te regalo la luna, las estrellas y la sangre roja de un toro mientras agoniza en la arena

El fin de la infancia
Arthur C. Clarke.

—… No se cuáles sean los propósitos del supervisor, pero creo que son buenos.
—¿Qué pruebas tiene usted?
Todos su actos, desde que las naves aparecieron en el cielo. Lo desafío a que me mencione uno solo que no haya resultado, en última estancia, beneficioso. —Stormgren calló unos instantes dejando que su mente recorriera los sucesos de los últimos años y al fin sonrió. —Si quiere usted una sola prueba de la esencial… como diría… benevolencia de los superseñores, recuerde aquella orden que lanzaron al mes escaso de su llegada prohibiendo la crueldad con los animales. Si hubiese tenido alguna duda de Karellen esa orden la hubiese borrado del todo, aunque le confieso que me costó más preocupaciones que ninguna otra.
Esto era apenas una exageración. El incidente había sido en verdad extraordinario, el primer indicio del odio que los superseñores sentían por la crueldad. Ese odio, y su pasión por la justicia y el orden, parecían ser las emociones que dominaban sus vidas… Si uno podía juzgarlos por sus actos.
Y sólo aquella vez se mostró Karellen enojado o al menos con la apariencia de enojo. “Pueden matarse entre ustedes si les gusta” había dicho el mensaje, “ese es un asunto que queda entre ustedes y sus leyes. Pero si matan, salvo que sea para comer o en defensa propia, a los animales con quienes ustedes comparten el mundo… entonces tendrán que responder ante mi”.
Nadie sabía exactamente la amplitud que podía tener ese edicto o que haría Karellen para asegurar su cumplimiento. No hubo que esperar mucho.
La plaza de toros estaba colmada cuando los matadores y sus acompañantes iniciaron su desfile. Todo parecía normal. La brillante luz del sol chispeaba sobre los trajes tradicionales, la muchedumbre como tantas otras veces alentaba a sus favoritos. Sin embargo, aquí y allá, algunos rostros estaban vueltos ansiosamente hacia el cielo, hacia la lejana sombra de plata que flotaba a cincuenta kilómetros por encima de Madrid.
Los matadores habían ocupado ya sus lugares y el toro había entrado bufando en la arena. Los flacos caballos, con las narices dilatas por el terror, daban vuelta a la luz del sol mientras sus jinetes trataban de que enfrentasen al enemigo. Se dio el primer lanzazo –se produjo el contacto– y en ese momento se oyó un ruido que jamás hasta entonces había sonado en la Tierra.
Era la voz de diez mil personas que gritaban de dolor ante una misma herida; diez mil personas que al recobrarse de su sorpresa, descubrieron que estaban ilesos. Pero aquel fue el fin de la corrida, y en verdad de todas las corridas, pues la novedad se extendió rápidamente. Es bueno recordar que los aficionados estaban tan confundidos que solo uno de cada diez se acordó de pedir que le devolvieran el dinero, y que el diario londinense Daily Mirror empeoró aún más las cosas sugiriendo que los españoles adoptaran el cricket como nuevo deporte nacional.

Un buen día, la Tierra es visitada por los Superseñores. La finalidad de su llegada es ayudar a la humanidad a finalizar la infancia evolutiva y alcanzar la adultez como especie. El nombre de uno de sus líderes es Karellen, quien para poder realizar su tarea, empieza por poner punto final al caos político, social, económico y ambiental que el ser humano ha implantado en el mundo y que está llevándolo a él y al resto de las especies a la extinción. Karellen crea una serie de leyes para poner orden en la arenera del jardín infantil y una de ellas es acabar con las corridas de toros, una de las mayores expresiones de la crueldad e inmadurez humanas. Estas son alguna de las cosas que cuenta El fin de la infancia, novela de Arthur C. Clarke, escrita en 1954.

Recuerdo este libro ahora, que acabo de regresar de lo que en un principio fue un agradable paseíto por el centro. Fui a la BLAA a sacar un par de libros, de los cuales uno en especial me dejó inmensamente feliz por cuestiones de la finalización del anteproyecto, asunto en el que ya estoy atrasada. Me tomé un café en el Juan Valdez frente a la Luis Ángel, leí un rato y me fui caminando a comprar un cuadernito y unos Conté. Hasta ahí (aún con ese maremagnum que es el centro una tarde soleada de domingo y que para mi perdió su encanto hace un par de años) todo iba muy bien. Muy bien, hasta que me encontré con una marcha antitaurina en la séptima con 24. Huyendo de la multitud no anticipé lo que estaba pasando unas cuadras más adelante: domingo de corrida de toros. Espantosa forma de terminar mi paseíto.
Mientras caminaba rápido tratando de agarrar un transporte que me sacara de allí lo más pronto posible, me crucé con algo que no había visto antes, por que nunca estoy en el centro cuando la parafernalia de los toros sucede: personajes con sombreros de todos los estilos, gafas oscuras, feos pelos lisos quemados por el secador y los tintes, manicuras y barrigas, chaquetas y camisas espantosas, botas con tacones de 10 cm, cadenas, pulseras y relojes dorados brillantes bajo el sol. Todos estos sujetos llevaban en las manos, próximos al blackberry, un cojín y una bota de manzanilla. Eran horribles, lo cual me hizo sentir mucho asco y una tristeza inmensa por lo que estaba a punto de pasar en la Plaza de Toros. Tan sólo pude censurarlos con la mirada. No voy a gritar consignas con un grupo de alborotadores no más educados que los que hacían su entrada a la pobre plaza.
Tratando de tomar toda la distancia posible con ese momento y ese lugar, pensaba que el planeta está jodido si quienes son dueños de la riqueza patrocinan y disfrutan de espectáculos tan absurdos como el de la tauromaquia. Por que son aquellos mismos seres que tratan a sus empleados como basura, que pasan los fines de semana hablando entre ellos con voces odiosas sobre todo lo que desprecian. Aquellos que son absolutamente incapaces de dejarse sorprender por cosas sencillas y dejarse conmover por el dolor ajeno o de interactuar con otros seres sin anteponer sus títulos y posesiones.
Hace unos, no se, seis años, cuando yo apenas empecé a trabajar en Norma, me crucé con un personaje que para mi es el epítome de todo lo que acabo de decir. Era una mujer que tenía un nombre horrible, el cual convirtió en un apodo agringado, corto e igualmente espantoso para ocultar lo feo que era. Nunca me cayó bien y yo, una mocosita a punto de graduarse que hacía lo posible por empezar a sobrevivir, tampoco le hice mucha gracia. Un día en uno de los primeros almuerzos oficinistas le oí una frase que nunca habré de olvidar, con respecto a un mesero un poco lelo que se demoró en atender su pedido: “es que debe tener hambre”. No había ni siquiera el olor de la misericordia en esas palabras. Después, lo trató de la única forma en que podía hacerlo: con el mayor de los desprecios. Ella es el público perfecto de la fiesta taurina.
Tengo varios amigas y amigos a los que esta… cosa, les gusta. Trato de nos juzgarlos. Pero no puedo comprenderlos. De unos puedo creerlo. De otros no. No solo es el asunto de que asesinen a un animal de forma cruel e insensible, sino de sentarse junto a la veterana de pelos quemados por el tinte y el secador y su marido de camisa espantosa y sombrero, que hablan con sus feas voces sin sentir ninguna pena y sin dejarse conmover por la porquería que pasa en la arena. Alienados e impulsados por una situación totalmente anómala donde lo único importante es que el toro muera para ser la excusa de sus tonterías.
Siento también la desazón de que la novela de Clarke sea sólo ciencia ficción, por que hasta el momento no va a venir nadie a darnos un par de nalgadas y a decirnos: “¡Caca, nené!¡Eso no se hace!” con respecto a prácticas tan aborrecibles como las corridas de toros y con la crueldad animal, en general.

domingo, 7 de febrero de 2010

Reciclaje

Vamos a ver que nuevo trivialismo se me ocurre hoy, domingo 26 de abril del 2009, a las 3:50 a.m. Acabo de llegar de Galería Café, y en el baño, sentí claramente, que la relación que tengo con la salsa, es de amor-odio-dolor. Hoy bailé hasta que el pelo me quedo absolutamente emparamado. Bailé hasta decir "No más" con un chileno bastante virtuoso, que me enseño un par de trucos nuevos. Uno de esos personajes, que uno escoge más allá de la atracción sexual, y que se toman como práctica, en un momento en que, es evidente, que se está más en un salón de clases que en una discoteca de salsa. Yo puedo no parecerlo mucho, pero soy bastante académica en todas las cosas que hago. Así que escuché la música, que me causa un efecto sedante y estimulante a la vez. Y después, sola, un poco lejos del sonido y del calor, sentí, que me dolía bailar. A parte de que casi pierdo el dedo chiquito del pie izquierdo esta mañana. (Quedo como un enano deforme y un poco colorado, después de que le asesté un tramacazo contra una esquina en el baño, que me dejó muda, llorando apenas, rodando por el piso primero, y pensando “Ahora sí lo dañé, ahora sí lo dañé”, después).

Cuando pensé esto, estaba sonando una canción llamada Temperatura, de Los hermanos Lebrón, y acto seguido sonó una canción de Héctor Lavoe, Ah ah oh no, que me parece absolutamente hermosa, pero que trae un montón de recuerdos marrones y sórdidos. Y creo que lo que más dolió, es no tener la opción, de que esa canción, me pueda gustar.

jueves, 28 de enero de 2010

Nowhere man, please listen!!

He's a real nowhere man,
Sitting in his Nowhere Land,
Making all his nowhere plans
for nobody.

Doesn't have a point of view,
Knows not where he's going to,
Isn't he a bit like you and me?

Nowhere Man please listen,
You don't know what you're missing,
Nowhere Man,the world is at your command!

(lead guitar)

He's as blind as he can be,
Just sees what he wants to see,
Nowhere Man can you see me at all?

Nowhere Man, don't worry,
Take your time, don't hurry,
Leave it all till somebody else
lends you a hand!

Doesn't have a point of view,
Knows not where he's going to,
Isn't he a bit like you and me?

Nowhere Man please listen,
you don't know what you're missing
Nowhere Man, the world is at your command!

He's a real Nowhere Man,
Sitting in his Nowhere Land,
Making all his nowhere plans
for nobody.
Making all his nowhere plans
for nobody.
Making all his nowhere plans
for nobody!

En estos días me sentido así. Making all mis nowhere plans for nobody.

martes, 26 de enero de 2010

La vaca gallega

Fragmento de El viaje del elefante de José Saramago

Cómo está salomón, preguntó, Cuándo lo deje, dormía, respondió el cornaca, Valiente animal, exclamó con falso entusiasmo el comandante, Vino hasta donde lo trajeron, la fuerza y la resistencia nacieron con él, no son virtud propia, Te veo muy severo con el pobre salomón, Tal vez sea por culpa de la historia que uno de los ayudantes me acaba de contar, Qué historia es esa, preguntó el comandante, La historia de una vaca, Las vacas tienen historia, volvió el comandante a preguntar, sonriendo, Ésta, sí, fueron doce días y doce noches en unos montes de Galicia, con frío, y lluvia, y hielo, y barro, y piedras como navajas, y matorrales como uñas, y breves intervalos de descanso, y más combate y ataques, y aullidos, y mugidos, la historia de una vaca que se perdió en los campos con su cría de leche, y se vio rodeada de lobos durante doce días y doce noches, y fue obligada a defenderse y a defender al hijo, en una larguísima batalla, la agonía de vivir en el límite de la muerte, un círculo de dientes, de fauces abiertas, las arremetidas bruscas, las cornadas que no podían faltar, de tener que luchar por sí misma y por un animalito que todavía no se podía valer, y también esos momentos en que el ternero buscaba las tetas de la madre, y mamaba lentamente, mientras los lobos se aproximaban con el espinazo tenso y las orejas aguzadas. Subhro respiró hondo y prosiguió, Al cabo de doce días la vaca fue encontrada y salvada, también el ternero, y fueron conducidos en triunfo hasta la aldea, sin embargo el cuento no acaba aquí, la cosa siguió dos días más, tras los que, porque se había convertido en una vaca brava, porque aprendió a defenderse, porque nadie podía dominarla o acercársele, la vaca fue muerta, la mataron, no los lobos a los que había vencido durante doce días, sino los mismos hombres que la habían salvado, tal vez el propio dueño, incapaz de comprender que, habiendo aprendido a luchar, aquel antes conformado y pacífico animal no podría detenerse nunca más.
Un silencio respetuoso reinó durante algunos segundo en la gran sala de piedra. Los soldados presentes, aunque no muy experimentados en guerras, baste decir que los más jóvenes nunca habían olido la pólvora en los campos de batalla, estaban asombrados en su foro íntimo por el valor de un irracional, una vaca, imagínense, que había mostrado poseer sentimientos tan humanos como el amor de familia, el don de sacrificio personal, la abnegación llevada hasta el extremo. El primero en hablar fue el soldado que sabía mucho de lobos, Tu historia es bonita, le dijo a Subhro, y esa vaca merecía, por lo menos, una medalla al valor y al mérito, pero hay en tu relato algunas cosas poco claras y bastante dudosas, Por ejemplo, preguntó el cornaca con tono de quien ya se está preparando para la lucha, Por ejemplo, quién te contó ese caso, Un gallego, Y cómo lo supo él, Debe de haberlo oído por ahí, O leído, No creo que sepa leer, Lo oyó y lo memorizó, Puede ser, yo me he limitado a repetirlo lo mejor que pude, Tienes buena retentiva, sobre todo teniendo en cuenta que la historia está contada con un lenguaje nada común, Gracias, dijo Subhro, pero ahora me gustaría saber que cosas poco claras y bastante dudosas encuentras tú en el relato, La primera es el hecho de darse a entender, o mejor, de afirmar claramente que la lucha entre la vaca y los lobos duró doce días y doce noches, lo que significaría que los lobos atacaron a la vaca nada más empezar la primera noche y se retiraron, probablemente con bajas, en la última, No estábamos allí, no pudimos verlo, Sí, pero los que conozcan algo sobre lobos saben que esos animales, aunque vivan en manadas, cazan solos, Adónde quieres llegar, preguntó sunbro, Quiero llegar a que la vaca no podría resistir un ataque concertado de tres o cuatro lobos, ya no digo doce días, sino una sola hora, Entonces, en la historia de la vaca luchadora es todo mentira, No, mentira son sólo las exageraciones, los adornos del lenguaje, las medias verdades que quieren pasar por verdades completas, Qué crees tú entonces que pasó, que fue atacada por un lobo, que luchó con él y lo obligó a huir tal vez malherido, y después se quedo allí pastando y dando de mamar al ternero, hasta ser encontrada, Y no podría haber ocurrido que llegara otro lobo, Sí, pero eso sería ya mucho imaginar, para justificar la medalla al valor y al mérito un lobo ya es bastante. La asistencia aplaudió pensando que, bien vistas las cosas, la vaca gallega merecía tanto la verdad como la medalla.



lunes, 18 de enero de 2010

Uma nova entrada

Encontrei esta historiazinha no meu livro de português. E pareciou me que era perfecta para publicar no meu blog.

A outra noite

Outro dia, fui a São Paulo e resolvi voltar à noite, uma noite de vento sul e chuva, tanto lá como aqui. Quando vinha para casa de táxi, encontréi um amigo e o trouxe até Copacabana, e contei a ele que lá em cima, além das nuvens, estava um luar lindo, de lua cheia; e que as nuvens feias que cobriam a cidade eram vistas de cima, enluaradas, colchões de sonho, alvas, uma paisagem irreal. Depois que o meu amigo desceu do carro, chofer aproveitou um sinal fechado para voltar-se para mim:
—O senhor vai desculpar, eu estava aqui a ouvir sua conversa. Mas, tem mesmo luar lá em cima?
Confirmei:
—Sim, acima da nossa noite preta, enlamaçada e torpe havia uma outra— pura, perfecta e linda.
—Mas que cosa…
Ele chegou a pôr a cabeça fora do carro para olhar o céu fechado de chuva. Depois, continuo guiando mais lentamente, Não sei se sonhava em ser aviador ou pensava em outra coisa.
—Ora, sim senhor…
E, quando saltei e paguei a corrida, ele me disse uma boa-noite e um “obrigado ao senhor”, tão sinceros, tão veeementes, como se eu lhe tivesse feito um presente de rei.

Rubem Braga

sábado, 9 de enero de 2010

Le renard et l'enfant



Película del 2007, dirigida por Luc Jacquet, personaje del que no se nada a parte de haber participado en La marcha del emperador.
Está hermosísima película me la encontré esta tarde en Cinemax. Se desarrolla en algún paisaje de campiña francesa, en donde viven las dos protagonistas: Bertille (la niña) y Titou (la zorrita), quienes inician un fuerte vínculo a través de la valentía de Bertille para explorar la naturaleza que la rodea y hacerse amar por Titou. Sin ninguna clase de miedo y como en un cuento de hadas, la niña se adentra en el hogar de Titou, quién se convierte en su guía. Bertille trata al animal como trataría a una amiguita de su edad y la convierte en su compañera de juegos. Sin embargo en un par de ocasiones la realidad se evidencia y Bertille tiene que hacer uso de su inteligencia y de su valor para salvar la vida de la zorrita, que es pequeña y tiene demasiados enemigos naturales.
La película está pensada claramente como si fuera un cuento ilustrado. Bertille es una pelirrojita de ojos verdes que usa siempre el pelo recogido en dos moñitas, un atuendo púrpura y una cartera donde lleva objetos como linternas y fósforos. Vive con sus padres (quienes nunca aparacen) en una casita a orillas de un lago y al lado del bosque donde vive Titou, quién es uno de esos animalitos de cualquier relato fantástico y todos sus actos son completamente comprensibles si necesidad de ninguna palabra.
Es inevitable la comparación con El principito, quién un día decide domesticar a un zorro que encuentra muy bonito y arma una rutina que se repite día tras día para poder acercarse a él. Al final el lazo está creado y el zorrito le declara al principito que necesita de él para vivir.
En Le renard et l'enfant, Titou llega y se va con total libertad. Hay un intento de parte de Bertille por convertirla en "su propiedad" con malos resultados, y ella pronto entiende que amar no es poseer. Que la relación creada entre las dos va más allá de gobernar los actos de Titou.
Es encantadadora la unión entre las dos y como la inocencia y la bondad de ambas hace que Bertille se convierta en un habitante más del bosque y no en una intrusa destructora.
La ilustración del final, donde están las dos durmiendo una encima de la otra es muy enternecedora. La zorrita es mucho más grande que la niña tal vez para evidenciar que es una mamá y que es mayor que Bertille a pesar de su tamaño. Alguna vez leí que evolutivamente, el acto de dormir es también un acto de confianza. Cuando un animal duerme es por que sabe que nadie se lo va a comer mientras tanto. Cuando un animal duerme en la falda de un ser humano es por que tiene total confianza en este.







martes, 5 de enero de 2010

Una cálida invitación para el 2010

En este nuevo año, convido a todo el que pase por acá a que se asuma. Que asuma todo aquello que es y que suele criticarse. O lo que no se critica, pero los demás le reprochan. Todo aquello que así le pese, lo hace ser usted y no el vecino, para mal o para bien.

1. Que es una mala, muy mala persona.
2. Que es una buena, muy buena persona.
3. Que tiene un genio de los mil demonios.
4. Que es la imprudencia en pasta, y no puede tener la boca cerradita.
5. Que critica y reprocha a los demás.
6. Que es chismoso(a).
7. Que no tiene disciplina.
8. Que dice mentiras.
9. Que no le gusta gastar dinero.
10. Que tiene arranques de ira y grita e insulta al que se le cruce.
11. Que se arrepiente fácilmente.
12. Que es superficial y falsamente atento con otros.
13. Que ve televisión.
14. Que es esnob e insoportable.
15. Que es irritantemente cortés.
16. Que estudió filosofía y cree tener la verdad no revelada a la plebe.

Esta lista está hecha con muchos "defectos" de personas que conozco y podría continuar eternamente. Si a alguien se le ocurren más cosas, propias o ajenas, pues bienvenidas.

Yo asumo que soy impuntual, que no puedo madrugar, que hago rabietas y otras tantas cosas.