domingo, 14 de febrero de 2010

Linda, de San Valentín te regalo la luna, las estrellas y la sangre roja de un toro mientras agoniza en la arena

El fin de la infancia
Arthur C. Clarke.

—… No se cuáles sean los propósitos del supervisor, pero creo que son buenos.
—¿Qué pruebas tiene usted?
Todos su actos, desde que las naves aparecieron en el cielo. Lo desafío a que me mencione uno solo que no haya resultado, en última estancia, beneficioso. —Stormgren calló unos instantes dejando que su mente recorriera los sucesos de los últimos años y al fin sonrió. —Si quiere usted una sola prueba de la esencial… como diría… benevolencia de los superseñores, recuerde aquella orden que lanzaron al mes escaso de su llegada prohibiendo la crueldad con los animales. Si hubiese tenido alguna duda de Karellen esa orden la hubiese borrado del todo, aunque le confieso que me costó más preocupaciones que ninguna otra.
Esto era apenas una exageración. El incidente había sido en verdad extraordinario, el primer indicio del odio que los superseñores sentían por la crueldad. Ese odio, y su pasión por la justicia y el orden, parecían ser las emociones que dominaban sus vidas… Si uno podía juzgarlos por sus actos.
Y sólo aquella vez se mostró Karellen enojado o al menos con la apariencia de enojo. “Pueden matarse entre ustedes si les gusta” había dicho el mensaje, “ese es un asunto que queda entre ustedes y sus leyes. Pero si matan, salvo que sea para comer o en defensa propia, a los animales con quienes ustedes comparten el mundo… entonces tendrán que responder ante mi”.
Nadie sabía exactamente la amplitud que podía tener ese edicto o que haría Karellen para asegurar su cumplimiento. No hubo que esperar mucho.
La plaza de toros estaba colmada cuando los matadores y sus acompañantes iniciaron su desfile. Todo parecía normal. La brillante luz del sol chispeaba sobre los trajes tradicionales, la muchedumbre como tantas otras veces alentaba a sus favoritos. Sin embargo, aquí y allá, algunos rostros estaban vueltos ansiosamente hacia el cielo, hacia la lejana sombra de plata que flotaba a cincuenta kilómetros por encima de Madrid.
Los matadores habían ocupado ya sus lugares y el toro había entrado bufando en la arena. Los flacos caballos, con las narices dilatas por el terror, daban vuelta a la luz del sol mientras sus jinetes trataban de que enfrentasen al enemigo. Se dio el primer lanzazo –se produjo el contacto– y en ese momento se oyó un ruido que jamás hasta entonces había sonado en la Tierra.
Era la voz de diez mil personas que gritaban de dolor ante una misma herida; diez mil personas que al recobrarse de su sorpresa, descubrieron que estaban ilesos. Pero aquel fue el fin de la corrida, y en verdad de todas las corridas, pues la novedad se extendió rápidamente. Es bueno recordar que los aficionados estaban tan confundidos que solo uno de cada diez se acordó de pedir que le devolvieran el dinero, y que el diario londinense Daily Mirror empeoró aún más las cosas sugiriendo que los españoles adoptaran el cricket como nuevo deporte nacional.

Un buen día, la Tierra es visitada por los Superseñores. La finalidad de su llegada es ayudar a la humanidad a finalizar la infancia evolutiva y alcanzar la adultez como especie. El nombre de uno de sus líderes es Karellen, quien para poder realizar su tarea, empieza por poner punto final al caos político, social, económico y ambiental que el ser humano ha implantado en el mundo y que está llevándolo a él y al resto de las especies a la extinción. Karellen crea una serie de leyes para poner orden en la arenera del jardín infantil y una de ellas es acabar con las corridas de toros, una de las mayores expresiones de la crueldad e inmadurez humanas. Estas son alguna de las cosas que cuenta El fin de la infancia, novela de Arthur C. Clarke, escrita en 1954.

Recuerdo este libro ahora, que acabo de regresar de lo que en un principio fue un agradable paseíto por el centro. Fui a la BLAA a sacar un par de libros, de los cuales uno en especial me dejó inmensamente feliz por cuestiones de la finalización del anteproyecto, asunto en el que ya estoy atrasada. Me tomé un café en el Juan Valdez frente a la Luis Ángel, leí un rato y me fui caminando a comprar un cuadernito y unos Conté. Hasta ahí (aún con ese maremagnum que es el centro una tarde soleada de domingo y que para mi perdió su encanto hace un par de años) todo iba muy bien. Muy bien, hasta que me encontré con una marcha antitaurina en la séptima con 24. Huyendo de la multitud no anticipé lo que estaba pasando unas cuadras más adelante: domingo de corrida de toros. Espantosa forma de terminar mi paseíto.
Mientras caminaba rápido tratando de agarrar un transporte que me sacara de allí lo más pronto posible, me crucé con algo que no había visto antes, por que nunca estoy en el centro cuando la parafernalia de los toros sucede: personajes con sombreros de todos los estilos, gafas oscuras, feos pelos lisos quemados por el secador y los tintes, manicuras y barrigas, chaquetas y camisas espantosas, botas con tacones de 10 cm, cadenas, pulseras y relojes dorados brillantes bajo el sol. Todos estos sujetos llevaban en las manos, próximos al blackberry, un cojín y una bota de manzanilla. Eran horribles, lo cual me hizo sentir mucho asco y una tristeza inmensa por lo que estaba a punto de pasar en la Plaza de Toros. Tan sólo pude censurarlos con la mirada. No voy a gritar consignas con un grupo de alborotadores no más educados que los que hacían su entrada a la pobre plaza.
Tratando de tomar toda la distancia posible con ese momento y ese lugar, pensaba que el planeta está jodido si quienes son dueños de la riqueza patrocinan y disfrutan de espectáculos tan absurdos como el de la tauromaquia. Por que son aquellos mismos seres que tratan a sus empleados como basura, que pasan los fines de semana hablando entre ellos con voces odiosas sobre todo lo que desprecian. Aquellos que son absolutamente incapaces de dejarse sorprender por cosas sencillas y dejarse conmover por el dolor ajeno o de interactuar con otros seres sin anteponer sus títulos y posesiones.
Hace unos, no se, seis años, cuando yo apenas empecé a trabajar en Norma, me crucé con un personaje que para mi es el epítome de todo lo que acabo de decir. Era una mujer que tenía un nombre horrible, el cual convirtió en un apodo agringado, corto e igualmente espantoso para ocultar lo feo que era. Nunca me cayó bien y yo, una mocosita a punto de graduarse que hacía lo posible por empezar a sobrevivir, tampoco le hice mucha gracia. Un día en uno de los primeros almuerzos oficinistas le oí una frase que nunca habré de olvidar, con respecto a un mesero un poco lelo que se demoró en atender su pedido: “es que debe tener hambre”. No había ni siquiera el olor de la misericordia en esas palabras. Después, lo trató de la única forma en que podía hacerlo: con el mayor de los desprecios. Ella es el público perfecto de la fiesta taurina.
Tengo varios amigas y amigos a los que esta… cosa, les gusta. Trato de nos juzgarlos. Pero no puedo comprenderlos. De unos puedo creerlo. De otros no. No solo es el asunto de que asesinen a un animal de forma cruel e insensible, sino de sentarse junto a la veterana de pelos quemados por el tinte y el secador y su marido de camisa espantosa y sombrero, que hablan con sus feas voces sin sentir ninguna pena y sin dejarse conmover por la porquería que pasa en la arena. Alienados e impulsados por una situación totalmente anómala donde lo único importante es que el toro muera para ser la excusa de sus tonterías.
Siento también la desazón de que la novela de Clarke sea sólo ciencia ficción, por que hasta el momento no va a venir nadie a darnos un par de nalgadas y a decirnos: “¡Caca, nené!¡Eso no se hace!” con respecto a prácticas tan aborrecibles como las corridas de toros y con la crueldad animal, en general.

2 comentarios:

  1. Pat!!! totalmente de acuerdo contigo. Siempre he pensado que no comprendo muy bien qué pasa por la cabeza y el corazón de estas personas que celebran la matanza de un pobre animal que nada les ha hecho. Créeme que siento profundamente que nada bueno se puede esperar de personas que tienen tanta sed de sangre.

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  2. Sí, es cierto Marce. Cuando vi lo poquito que vi el domingo (lo cual fue más que suficiente) vi la falta de legitimidad del asunto. Quienes lo defienden dicen que es arte, que es cultura, que es tradición, pero yo no sentí nada de eso. No es como cuando uno se cruza con un partido de futbol, o una obra de teatro o un concierto. Lo que sentí fue más como cuando uno se atraviesa en el camino de una procesión funebre. Feo.

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