lunes, 5 de abril de 2010

Bogotá - Memorias Infantiles

Cuando Suba era todavía un pueblo a las afueras de Bogotá, vivía allí un panadero legendario por la historias que contaba todas las mañanas acerca de las luchas que mantenía, mientras horneaba pan después de la medianoche y durante la madrugada, con espíritus inmundos que lo acosaban en su casa y lugar de trabajo. El charlatán solía decir que los espantaba escupiéndoles palabrotas y gargajos, y que, como consecuencia de sus numerosas experiencias, ya no había nada que pudiera asustarlo. Las señoras y los niños sabían que el pobre no era otra cosa que un solterón beodo, el cuál después de unas cuantas cervezas, quedaba tendido sobre la vitrina del pan, cerca de la hora en que sus némesis espectrales empezarían a atormentarlo. Nadie le ponía mucha atención.
Una noche mi adolescente mamá y dos de sus hermanos menores, los gemelos Alejandro y Darío (llamados así por Alejandro Magno y Darío de Persia), imagino que en un momento de aburrimiento, decidieron divertirse un rato a costa del panadero mentiroso. Los tres malvados se dirigieron cerca de las 12 de la noche a la panadería y esperaron a que el personaje comenzara con el ritual nocturno de empinar el codo y gritar barrabasadas de borracho. Aprovechando la oscuridad de la noche cómplice de su granujada, se subieron al tejado de la casa del panadero por donde podían verlo perfectamente a través de una claraboya, debajo de la cual estaba el personaje. Mi madre, quien fuera la mente criminal orquestadora de toda la operación, sacó de una bolsa una funda para almohada que le enfundó (valga la redundancia) en la cabeza a uno de los gemelos, ajustándosela lo más posible en la nuca con el fin de lograr un perfecto efecto aterrador, mientras que el otro sostenía una velón debajo de su rostro sin rostro. El encapuchado iluminado por la luz de ultratumba, golpeó fuertemente en la claraboya para llamar la atención del panadero que de repente se quedo lívido para luego reaccionar gritando insultos contra el primer fantasma de verdad que veía en su vida. Luego lloró histérico y rezó. Mi mamá decía que estuvieron a punto de matarse por que la risa casi los hace caer del tejado. Al día siguiente el panadero tuvo una historia real que contar, aunque la mitad en la que lloraba y rezaba solo la contaba el fantasma.
Este y otros tantos, tantísimos relatos de una Bogotá muy pequeña, lejana y gris se los oí a mi mamá toda mi infancia. Los recuerdo ahora, que por cosas de la vida me reencontré con Eduardo Caballero Calderón en Facebook, cuando desde el más allá me agregó como amiga. Unos días después me acordé de Albania mientras caminaba desde el centro hasta chapinero con mi jefe y amigo, "Frufris" (quien espero que no lea esta entrada con su irrespetuoso apodo). Albania era una casa de campo ubicada en la ahora calle 53 entre la carrera 13 y la carrera 7, que fuera propiedad de los Calderón cuando allí no había ni la sombra de ciudad y a la cual nombra Caballero Calderón en su libro Memorias Infantiles y es muy impactante para mi que eso suceda, por que mi papá vivió en Albania mucho tiempo después de la época de la historia del libro. Allí mi padre y su hermano mayor pusieron un tallercito de carpintería y sería allí también donde mi padre habría de encontrar a su hermano adorado acurrucado detrás de un mueble en una alcoba, muerto después de empacarse un frasco de Baygon.
Ahora estoy releyendo Memorias Infantiles, y esa ciudad anclada en las montañas de algunas pocas calles no me es extraña. La conocí bien por las historias de mi mamá, que a su vez contaba las historia de mi abuela y mi bisabuela. Todas con un sino un poco trágico donde el suicidio de mi bisabuelo frente a su esposa y sus hijas, marcó la perdida de las haciendas plataneras y los terrenos en los llanos junto al enfrentamiento al destino de nuevos pobres por parte de mi abuela y sus hermanos, quienes acostumbrados a nanas e institutrices, nunca pudieron reponerse del golpe y se convirtieron en adultos débiles y depresivos.
Las historias de los fantasmas y aparecidos de la Candelaria, como Irene, una bella mujer que no deja de peinarse sentada en la pileta de un patio de alguna casa colonial, o la del Virrey Solís, merodeando las calles empedradas del ombligo de Bogotá, tampoco me son ajenas y la casa de mi bisabuela y mi abuela a principios de siglo, la siento tan cercana en el tiempo que parece un recuerdo implantado genéticamente en mi, generación tras generación. Además siento que mi amor por Caballero Calderón se aviva después de tanto tiempo de haber permanecido un poco escondido. Hace un año leí Caín que es magistral y como muchos de sus libros gira alrededor de la violencia bipartista en Boyaca a mediados de siglo. Antes había leido Siervo sin tierra y El buen salvaje. Pero Memorias Infantiles es definitivamente el libro que más me gusta de él. Me muero de la risa con su "imitación" de la voz del cura recitando "el misterio que tenemos que contemplar es el de los cinco mil y más azotes que dieron a Nuestro Señor Jesucristo atado a una columnaaa" y me conmueve profundamente su constante mención a la agonía lenta y dolorosa de su joven madre, operada de un cáncer sin anestesia.
Es como si todo eso que escribe él allí, me lo contara mi mamá. Para mi, releer ese libro es recordar. No lo leído por mí, sino lo vivido por ella y las mujeres de mi familia que me antecedieron.

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