miércoles, 21 de julio de 2010

Sueño lucido

4:59 a.m. Los números rojos brillaron, en el reloj despertador sobre la mesa de noche. La alarma muda de la costumbre, lo despertó un minuto antes del zumbido programado para las 5:00 a.m. Un minuto, un minuto más. 4:60 a.m. Deformes, los números anunciaron una hora imposible y la súbita oleada de sangre a la cabeza de la emoción encontrada, lo llenó de las incontables posibilidades que ese reloj señalaba. ¿A dónde ir? ¿A quién visitar? ¿Qué conocer? ¿Qué satisfacer? Miró a su alrededor sin tomar todavía una decisión cierta. Sabía que debía pensar rápido antes de que todo se esfumara, pero por un momento sólo quiso concentrarse en su nueva situación y sumergirse en ella, como quien toma una bocanada de aire y se zambulle en una profunda piscina de agua helada. Con movimientos lentos y ligeros se levantó de la cama, y contemplando todo agudamente, empezó a caminar, todavía sin saber que hacer con su libertad. Cerró los ojos y lo supo. Hablar con ella, eso era lo que quería. Sin titubear ese era, de lejos, su deseo más acuciante. En otras ocasiones, con los sistemas morales del consiente desactivados, había tomado decisiones deliciosas e inquietantes como tener sexo perverso y demente con mujeres que generalmente sólo deseaba a distancia, o decisiones perturbadoras y maniacas como desollar vivo al patán que se había acostado con esa exnovia de la que continuó enamorado por años, después de que ella le terminara. También había hecho cosas más inocuas y aceptables para el rígido consiente, como volar a Paris, o sólo volar. 4:23 a.m. Perfecto. Al abrir la puerta de su habitación, encontró la habitación de ella, quien lo esperaba, tranquila y sonriente, como hacía tiempo no la había visto, sentada en la cama, feliz de verlo. La ventana al fondo dejaba ver un cielo anaranjado que no pudo atribuir con certeza a un amanecer o a un ocaso y la luz que entraba la bañaba de existencia. La hacía palpable y sin pensarlo estiro su mano para tocarla pronto. —Tienes que hablarme fuerte, para que no nos despertemos. Ella volvió a sonreír y la felicidad de la vivencia ficticia, la hizo real, entonces ya nada importaba. No tenía por que levantarse. 5:00 a.m. El zumbido.

Espero no estar escribiendo igual que Santiago Rojas… Si es así, matadme.
En serio, por favor. Que alguien me escupa si me lo merezco.

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