jueves, 16 de septiembre de 2010

Saladin Chamcha

Saladin Chamcha, el hombre de las mil voces e indio renegado con pretensiones de inglés, cae un día sobre el Canal de la Mancha expulsado de la panza de un Bostan proveniente de su patria, que es dinamitado por fundamentalistas islámicos tras mantener en cautiverio a algunos de sus pasajeros durante 111 días, en algún aeropuerto europeo. En el camino al acuatizaje forzado, tiene que soportar un sinnúmero de irritantes ocurrencias por parte de su coterráneo, Gibreel Faristha, estrella de Bollywood que ha interpretado con humildad a todas las deidades hindúes en el género del cine teológico y que para Chamcha sólo representa lo que él más odia en si mismo: su origen.
Comienza en ese momento la tragicomedia de la transformación de los dos indios en dos seres, que, a ojos del narrador y causante de todo este teatro (dios-demonio-allah) tal vez sea la real forma adecuada para estos personajes, auto convertidos en la exaltación y la deshonra del país del cual provienen. Un país roto, como una cubierta de caramelo demasiado grande y fina para ser mantenida en una sola pieza, a la cual, para más tristeza, le han metido la cucharada ingleses, musulmanes, hindúes, budistas, zoroastrianos y extranjeros de todas las plazas.
Chamcha, en pago a su decisión de desertar de sus genes empieza a transmutar en un sátiro con voz bestial, aliento de cloaca, olor a azufre y erecciones monumentales. El buen Farishta es en cambio coronado por una brillante aureola y alas de envergadura excepcional y hermoso plumaje. Demonio y ángel son las marionetas de un ser que se adivina pocas veces en el libro* y que los utiliza para ser parte decisiva de distintas historias en distintos tiempos, como la iluminación de Mahoma por parte de Farishta en su alter ego arcangélico: Gibreel (Gabriel), quién mientras el actor indio duerme, es manejado hábilmente por el “narrador” para dictar los textos del Corán al profeta.
Pero el drama de estos dos conejillos de indias de alguna deidad, que al parecer, utiliza a la historia y a la humanidad para divertirse en un cruel y sofisticado nivel, no radica en sus cambios monstruosos (sean un par de cuernos o una aureola) sino en la búsqueda de la transformación que ellos mismos han emprendido y que, sobre todo a Chamcha, le ha dejado como un lienzo vacío incapaz de reflejar nada.
Chamcha, en particular, es un personaje que aún deseando ser complejo, es muy fácil de retratar y su drama se reduce al de un hombre que se abandonó por rencor a su sangre y que en su desprecio por si mismo y en el esfuerzo de la autoconstrucción se traga entero el cuento de su máscara inglesa, flemática y sin aliento a Bombay. Máscara que a parte de su odio, no esconde nada por que todo su ser indio fue aniquilado por la vergüenza propia y la de su gente, al ver el engendro que la ocupación inglesa ha hecho de él.
¿Cuántos saladines no se cruza uno en el camino? ¿Cuántos personajes llenos de datos inútiles y continua “automodelación” no saluda uno todos los días? Como figuras de barro, dúctiles, que pueden tomar cualquier forma y que se abrazan a cualquier detalle y cualquier doctrina o “roban” pensamientos, parlamentos de película, maneras y costumbres que les ayuden a formar una escultura de papel maché alrededor de si, para ocultar al provinciano o al clase media. Muchas veces yo también me siento como uno de estos gólems, creando mi vida con las cosas que he aprendido de otros y que en algún momento parecieron ser “la verdad”, para dejar de ser lo que nací y ser lo que hago de mi. Estos días los dedico a dejarme ser, sin siquiera querer agradarme, por que el espejo de Saladin me da miedo y no me gusta sentir miedo. Ante esto, mi imprudencia seguirá de la mano de la vehemencia.

* Los versos satánicos, Salman Rushdie

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