martes, 7 de diciembre de 2010

7 de diciembre

Poco o nada me gusta hablar de mis dolores viejos, a los cuales respeto solemnemente y por ello no me expongo a vulgarizarlos en una de esas clásicas exaltaciones públicas de la tragedia personal que a algunas personas les gusta tanto. Pero llevo varios días, incluso unas cuantas semanas pensando en esta fecha y en las que le siguen.

Desde muy niña, para mi familia, diciembre era un mes decisivo en lo que respecta al final y el principio de cada año. Mi papás tenían una pequeñísima fábrica de cosas en madera y el producto principal eran las mesitas para ponqué. La temporada empezaba con las ventas que mi mamá hacía por teléfono desde octubre. Continuaba con la compra del triplex Pizano que nos vendía Doña Amelia (una paisa queridísima que creíamos solterona pero que en realidad era viuda). Mientras tanto, mi papá contrataba a un tornero, quien junto a Horacio, el ayudante de siempre, eran nuestros únicos empleados. Mi mamá pintaba las paticas de las mesas, que después se les ponían con unos ensambles refinadísimos de ebanista. Mi hermana y yo les ayudabamos, cual dos empleado enanos, desde que tenemos memoria. Primero poniendo por toda la casa las mesitas para que se secaran. Luego, cuando nuestra estatura nos lo permitió fuimos promovidas a pintar paticas y empacar los juegos de cinco mesas de diferentes tamaños para ponqués desde media libra hasta diez libras. Esas dos eran las labores más dispendiosas de la línea de producción. Creo que, a pesar de ser muy desordenada en la vida real, cuando tengo una tarea larga establezco muy buenos procesos, gracias a esos años de entrenamiento.

También acompañabamos a mis papás a entregar los pedidos en lugares tan variopintas como la calle 11, detrás del hospital San José, Santa Librada, Usme, la Pastelería San Marcos, la Guernika, la Santander, Cirano, Festitortas, etc, etc, etc. Primero íbamos en camiones normales y después en la Ford f150, única en su clase en la ciudad y que a veces veo por ahí, desvencijada de tanto andar.

Para aumentar la velocidad de producción, mi papá se inventaba maquinitas que nos ponían a hacer un fitness intensísismo que terminaba tarde en la noche todos los días durante semanas pero que no nos ayudo a crecer mucho. Toda esa carrera frénetica era para llegar al 7 de diciembre, la fecha culminante de la temporada de mesitas para ponqué, por el tema de las primeras comuniones del 8, junto con los matrimonios y los grados de los días siguientes. Lo que no se vendía hasta ese día, era muy difícil venderlo después y a punta de todo ese trabajo duro se pagaba la pensión del colegio de todo el año, las cuotas de la casa, las vacaciones y todo lo demás. Recuerdo que uno de nuestros mejores 7 de diciembre mi mamá desconecto el teléfono antes de las 12 de la noche, por que llamaban sin parar y ya no quedaba ni una sola mesita para atender los pedidos.

Esa era nuestra navidad, que para mi todavía huele a vinilo, a tinner, a laca, a madera recién torneada, a colbón y a aserrín. Muchos días de velitas no pudimos encender ni un farol frente a la casa, ya fuera porque estabamos muy encamellados o por que estabamos muy cansados.

Con los años, la tecnología y otras tantas cosas, el negocio fue muriendo. Después de que entramos a la universidad, la disminución de la ventas, sumada a la falta de innovación y crecimiento de la empresa familiar hizo que las navidades fueran muy duras. La última temporada que hicimos mesitas fue en la que mi mamá se enfermó. El 7 de diciembre de ese año nuestra familia había entrado en el más oscuro de nuestros capítulos y se fracturó cruel y dolorosamente para siempre. Ella, muy joven aún para morir, duró menos de veinte días, consumida por males que a uno sólo se le pasan por la cabeza en pesadillas, mientras a nosotros nos consumía el miedo, el dolor y el agotamiento, ya no del trabajo, sino de la rutina de la UCI.

Sin embargo, a pesar de eso, quiero a la navidad y quiero a los tristes 7 de diciembre con un cariño tierno heredado del amor de mi mamá al armar el árbol de navidad ya entrado el mes, y el pesebre el 16. Ella ponía cada oveja de ese pesebre, cada casita, cada pedazo de aserrín coloreado de verde con el mayor amor del planeta. Aún en mi adolescencia gozaba mucho el plan de ir con ella a comprar el cielo y hacer las estrellas. Es una sensación muy ambivalente: hacer el árbol me pone muy triste pero también me da mucha paz y me acompaña en la soledad de mi casa. Es una suerte de representante de mi madre y algún día Árbol Patricia estará rodeado de los nietos y todo será un poco más feliz, aunque no menos meláncolico. El dolor y la ausencia de los muertos de uno nunca pasa ni disminuye. Sólo se camufla con los años y los acontecimientos.